CASILDA, Santa Fe.- Se lo veía poco a 'Maradona'. En realidad, para encontrarlo había que caminar una cuadra por el boulevard hasta el bar Sarmiento, el refugio favorito para tomar café y discutir de fútbol. Como Maradona, era zurdo. En realidad, este era 'El Zurdo' para todos en Casilda. 'Maradona' sólo le decían sus compañeros del Banco Provincia de Santa Fe. “Sí, Maradona. porque no estaba nunca en el banco”. Jorge Luis Sampaoli había terminado la secundaria a los tumbos y le había aclarado a su mamá Odila que no iba a estudiar nada. Pasó fugazmente por un frigorífico, descartó una fábrica metalúrgica y aceptó el puesto de cajero que la propia Odila le consiguió. Por esos días Daniel Passarella levantaba la copa del mundo y el Zurdo acunaba una ilusión. Ya sabía que el pago sería su límite como futbolista porque el techo se lo había mostrado la 4ta división de Newell´s. Pero habitaba en él un entrenador que bosquejaba mil equipos hasta en el dorso de los cheques.
Durante los siguientes 20 años hizo hasta tres cosas a la vez desde la prepotencia del esfuerzo. Primero fue futbolista, en el final de su carrera empezó a dirigir juveniles, luego se sumó a Renato Cesarini, más tarde dirigió en primera de la Liga casildense a varios clubes. y siempre con el banco como real medio de vida. “Un jodón insoportable”, es la coincidente primera definición que arrojan los amigos de siempre, los de esa Casilda -a 53 km de Rosario- ahora tapizada de otoñales hojas ocre que por nada negocia la siesta. “Tenía un pinche para archivar los plazos fijos. Lo calentaba bien y. si el próximo cliente no le caía bien. 'Me alcanzás el pinche por favor', le decía. ¡Para qué! Era maldito, maldito.”, cuenta Sergio 'Turco' Abdala, amigo de Sampaoli desde la adolescencia, compañero de equipo, del banco y de otras mil aventuras. “Al ordenanza del banco lo volvía loco. El hombre tenía gallinas y Jorge lo llamaba desde su interno: 'Hola, soy del comedor de Tito, ¿me podés mandar cuatro docenas?, le decía. El ordenanza le pedía permiso al gerente del banco para salir, iba a su casa y le lleva las cuatro docenas a Tito, que no entendía nada”, recuerda Mauricio Vittone, ex jugador de Sampaoli y actual presidente de Alumni.
Las anécdotas se atropellan. Y tienen un hilo conductor: Eléctrico, excesivo, bromista y tan obsesivo como exigente alrededor del fútbol. “Hasta nos hizo entrenar de noche a propósito; como no nos veíamos, decía que así íbamos a mecanizar movimientos sólo gritándonos”, explica el “Negro” Emilio Scapinello, jugador de Sampaoli en los 90. Cuenta la leyenda que un día en Arequito, cuando dirigía a Belgrano, desapareció la virgen que estaba junto a la puerta del vestuario. No le vengan a Sampaoli con rezos porque, para él, eso es como abrazarse al azar. El único antídoto es entrenar. “Escuchame una cosa pelotudo, si ustedes rezan y ellos también rezan, ¡empatamos todos los partidos.!”, resumía. Nunca más se supo de la virgen. “Jorge siempre salía a correr con nosotros en las prácticas. Cuando pasábamos por las vías, si venía el tren, nos hacía correrlo, alcanzarlo y pasarlo por delante de la locomotora, Y si no lo pasabas te verdugueaba: '¡Qué cagón que sos! ¿Así vas a jugar al fútbol? ¡No te animaste cagón!' Había que estar apto psicológicamente..”, rememora Mauricio Vittone
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