Tras la inofensiva etapa inicial, Leo se tiró 10 metros más atrás. Activó conexiones con Di María y Lavezzi, extremos a pierna cambiada. Intentó buscar a un Higuaín tan movedizo como impreciso. El equipo creció y gobernó. Se movió más, presionó arriba, recuperó cerca del arco rival, creó oportunidades e hizo revolcar al excelente Benaglio. Suiza dejó de bloquear en la zona de gestación y Romero le quedó cada vez más lejos. Shaqiri, el showman del primer tiempo, la tocó muy poco. Repitan conmigo: el rival también juega. Su objetivo es que tu equipo no exprese sus virtudes. Contra un adversario bien organizado, Argentina convirtió al hombre de amarillo en figura. Garay estuvo atento con Drmic. Zabaleta y Rojo se proyectaron todos los tiros. Mascherano la rompió toda. Fue extraordinario cómo se desdobló en recuperador y pasador. Sabella probó con Palacio por Lavezzi en la izquierda. En la versión Real Madrid de Mourinho, Di María fue más peligroso en la derecha que en su perfil natural.
El 0 a 0 puso a Suiza en el lugar que quería y a la Argentina en el que no quería: el suplementario. Se notó. El equipo europeo tocó la bola y el público brasileño, mayoría en San Pablo, gritó “ole”. Benaglio estuvo tranquilo en los primeros 15 de la prórroga. Basanta entró por el extenuado Rojo, que ya ha ganado su propio Mundial. Último cambio. Biglia por Gago, quien no influyó. El 6 puso algo más que su energía en la mitad. Tuvo concepto para jugar la pelota desde el centro a la derecha. Con tres pases simples, reactivó la combinación Zabaleta-Di María. Benaglio volvió a volar. Hitzfield se dio cuenta y puso a “Rensenbrink” Dzemaili para ayudar a Rodríguez. Messi no aparecía. Se lo veía agotado, con los brazos en jarra, sin resto, enojado. El desgaste pasaba factura. Físico y mental. Agreguen la frustración de no haber plasmado la supremacía en el resultado. Sumen la inminencia de esa maldita definición no deseada. Tomó la pelota. El central Schaer se le tiró con todo. Lo gambeteó y lo saltó, con un arranque parecido al de Diego contra Brasil en Turín antes de cruzársela a Cani. Pensó en seguir, pero vio a Di María, tan fresco y aun más lúcido que al comienzo. En el último truco que le quedaba, la soltó desde el centro hacia la derecha, con ventaja y al espacio. Ángel definió de primera. Tac. Golazo. De contraataque, ese que Suiza había negado obstinadamente durante 118 minutos. El palo de Dzemaili, el rebote en su tibia y el interminable sufrimiento en los “acréscimos” (descuentos en portugués). ¿Quién dijo que esto era fácil? Por fin, señor Eriksson. ¿Penales? Otro día. Hoy no
